Al menos he aprendido una buena lección, ahora comprendo los malos efectos del alcohol, que son aún peores cuando estás de bajón. Que, ojalá no le hubiese dicho nada, le tendría que que haber escuchado, haberle apoyado y abrazado. Pero no, le confesé todo lo que un día me prometí a mi misma que nunca le diría, por lo que pudiese pasar. Desde luego, todo lo malo que podría haber pasado, había pasado, y ya no había vuelta atrás.
Sin embargo ya no estaba sola, nos habían cambiado de sitio en clase y me habían puesto detrás de una chica que se llama Sara. No nos contamos nuestros problemas, pero cuando estamos juntas no dejamos de reír. Ella es un encanto, una chica muy risueña, siempre parece estar alegre, pero no creo que lo esté. Creo que solo aparenta ser fuerte, aunque se siente rota por dentro, como yo, por eso nos llevamos tan bien.
Suena el timbre que indica que es la hora del recreo, Sara se gira y me pregunta que si la acompaño a la cafetería del instituto, y yo acepto encantada.
Pedimos un refresco cada una y nos sentamos en una de las mesas, la verdad es que más que una cafetería esto parece un bar, tiene su gracia. Entran por la puerta Rubén y sus amigos, le miro y se me corta la respiración, él creo que ni me ve. Se piden unos donuts y se quedan de pie junto a la barra. Rubén mira hacia nuestra mesa, y se produce un momento incómodo de esos , cuando la persona a la que estás mirando te pilla mirándola y no puedes hacer otra cosa que apartar la mirada para simular que no estabas mirando a nada en concreto, aunque no sirve de nada. Sin embargo, a él no parece importarle que me de cuenta que me mira, porque no deja de hacerlo continuamente, yo le miro de reojo para que no lo note, pero es que le echo tanto de menos que soy incapaz de escuchar a Sara y continuar con mi vida, como debería estar haciendo, no puedo evitar mirarle. Están hablando entre ellos y dándose pequeños empujones, a veces parece que son críos de cuatro años, pero el sigue siendo adorable, ¿por qué es tan perfecto? Me obligo a mi misma a centarme en Sara.
Suena el timbre que indica el final del recreo y ellos salen enseguida de la cafetería, Rubén mira hacia nuestra mesa y me sonríe, y aunque solo sea una pequeña sonrisa, ese instante de felicidad me cambia el día.