jueves, 31 de diciembre de 2015

Capítulo 43.

24 horas sin Rubén.

Estoy tirada en la cama con la persiana a medio subir a pesar de ser más de las dos de la tarde. Diría que apenas he conciliado el sueño, pero la verdad es que no he podido dormir ni un poco. Tengo los ojos tan hinchados que parecen un par de pelotas de pin pong y el pecho me arde, como si mi corazón estuviese prendiendo fuego a todos nuestros recuerdos, pero no consiguiese acabar con ellos.

Finalmente me decido a levantarme, doy tumbos por el pasillo hasta llegar al cuarto de baño y al mirarme en el espejo casi no me reconozco, es como si hubiesen pasado años, por alguna razón siento que estoy viendo el reflejo de otra persona y no el mío propio.

Vuelvo a mi habitación y reviso una vez más las notificaciones de mi móvil, tengo más de 20 llamadas perdidas de Rubén a las que no he sido capaz de responder, y mientras mantengo la mirada fija en la pantalla él vuelve a intentarlo una vez más. La melodía de mi tono de llamada se torna más angustiosa que nunca y sostengo como puedo el teléfono entre mis manos temblorosas. Aunque lágrimas nublan mi vista observo como su nombre y nuestra foto se iluminan una y otra vez hasta que como no obtiene respuesta cuelga unos segundos más tarde, con lo que me siento aún más vacía si cabe, pero no me siento capaz de escuchar su voz, hoy no.


24 horas sin Elena. 

Definitivamente no es buena idea emprender largos viajes de carretera cuando tienes el corazón roto, porque a cada canción te encuentras un poco más abatido, menos cuando llevas a tu hermana pequeña sentada al lado preguntándote una y otra vez qué es lo que te pasa, cuando por nada del mundo quieres responder a esa pregunta, decidlo en voz alta sería como admitir que es definitivo, y una parte de mi quiere creer que no es así.

Mis padres deciden que es hora de parar a repostar y tomar algo, sin embargo tengo el estómago cerrado así que me siento en un bordillo cerca del aparcamiento esperando su regreso. Enciendo un cigarro y lo primero que se me viene a la cabeza es la mirada de reproche de Elena ante tal gesto, luego pienso que quizás ya ni eso la importe. La verdad es que llevaba meses sin fumar, la ansiedad que solía sufrir había desaparecido por completo, pero desde que la tarde anterior ella se marchó, había vuelto y con qué fuerza, sentía que me ahogaba a cada instante. No sabía como iba a aguantar otras cuatro horas más metido en el maldito coche, quizás me estaba volviendo loco de tanto darle vueltas a todo.

Sé que es absurdo, que lo más probable es que si no ha contestado hasta ahora no lo vaya a hacer, pero siento el impulso de volver a intentarlo. Sin embargo obtengo la misma respuesta de siembre, esa frase de su contestador que ya estoy comenzando a odiar, aunque seamos sinceros, si por mí fuera escucharía su dulce voz una y otra vez hasta quedarme dormido cada día. Sacudo la ceniza que se ha acumulado en mi chaqueta intentando aparentar normalidad, aunque estoy seguro de que se me nota a leguas que me falta ella. Doy una última calada más antes de ir en busca de mis padres porque me estoy helando de frío, tiene gracia que justo el día que tengo que estar sin ella haga día de tormenta estando en verano, aunque bueno, a partir de ahora los días pintan bastante grises y esta vez no estoy hablando del típico clima gallego.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Capítulo 42.

Sin saber como los días y las semanas vuelan delante de mis ojos sin apenas darme cuenta. Por más que intento de disfrutar de cada momento, los días se consumen y de pronto me veo a último día del mes de junio con un nudo increíble en la garganta haciéndome a la idea de que hoy será la última vez que veré a Elena hasta dentro de no sé cuánto tiempo.

Una parte de mí preferiría irse así, sin más, sin añadir nada, sin estropear nada. Nunca me han gustado las despedidas y esta vez no iba a ser menos, ya que se trata de ella. Pero por otro lado quiero aprovechar cada segundo que me quede en Madrid para estar con ella, aunque eso suponga tener que soportar la amarga despedida que llevamos posponiendo tantos días.

Al final me armo de valor y consigo marcar su número.
-Cielo.
-Rubén- noto como responde con un deje de tristeza en su voz.
-¿Te apetece que demos una vuelta por el Retiro?- pregunto haciendo como que no lo he notado.
-Ay sí, hace millones que no voy.- sonrío al notar como su tono de voz cambia.
-Paso a por ti en un rato entonces.
-Aquí te espero.

Salimos en la boca de metro de Ibiza y nos dirigimos directamente hacia el conocido parque madrileño, está lleno hasta los topes como suele ser costumbre y más ahora con el buen tiempo, suenan tambores y canciones por todas partes, sin embargo entre Elena y yo hay un atípico silencio. Acaricio su mano que hoy me parece más pequeña y frágil que de costumbre, como ella. Avanzamos hasta quedar sentados frente al estanque de las barcas, está comenzando a atardecer y el paisaje es inigualable.

-Ey.- digo al tiempo que golpeo suavemente su hombro para captar su atención.

Ella sonríe y noto como se ve incapaz de pronunciar una sola palabra.  Observo cada uno de sus detalles, el tono de su pelo con el reflejo del sol, sus oscuras pupilas y esas largas pestañas que definen su mirada. Aprecio como se la humedecen los ojos y sé que intenta no romper a llorar, pero no consigue su propósito. La arropo entre mis brazos porque yo tampoco sé que decir, me rompe saber que soy yo mismo el que la causa ese dolor.

-Aún no te has ido y ya siento que me ahogo.- dice buscando mi mirada.
-Venga, no digas eso. Podemos con esto.- contesto tragando saliva porque me estoy empezando a temer lo peor.
-Creo que yo no. Nunca he sido una persona fuerte Rubén, creo que lo que me estás pidiendo me viene demasiado grande.
-¿Que quieres decir con eso?- pregunto con voz temblorosa.
-Lo siento.- susurra, se seca las lágrimas que rozan la comisura de sus labios y hace un amago de levantarse, pero la cojo de la muñeca impidiéndoselo.
-Elena, no me hagas esto por favor.
-Quizá es mejor así, puede que duela menos.- dice mirando al estanque porque sé que ella tampoco piensa eso.
-Elena, mírame joder. Esto no nos puede estar pasando.
-¿Duele demasiado como para no ser real no?- y esta vez si se pone de pie esperando que yo haga lo mismo.- De verdad que espero que te vaya genial mi vida.- me da un corto beso y se aleja, por más que grito su nombre no consigo que vuelva a girarse y por alguna razón mis piernas se quedan bloqueadas como si hubiesen olvidado como correr.

Siento como la rabia me invade el cuerpo, llevo mis manos a la cabeza repitiéndome que esto no puede estar pasando. Mi estado de ánimo es una montaña rusa, y en pocos segundos paso por todos y cada uno de ellos, rabia, ira hasta que llego a sentir ese dolor punzante en el pecho del que Elena hablaba y me topo con la cruda realidad y ahora soy yo el que no puede evitar que comiencen a caer por mi rostro pequeñas lágrimas. Me siento encerrado, atrapado y echo a andar hacia la salida más cercana sin embargo esto no hace que mi estado mejore, llamo a Elena repetidas veces pero solo obtengo por respuesta su adorable voz en el contestador. Cuando creo que me voy a volver loco decido que lo mejor será volver a casa y terminar de envolver los trastos que he ido acumulando en mi corta vida, no sin antes volver a intentar hablar con Elena obteniendo la misma respuesta.