sábado, 1 de octubre de 2016

Capítulo 47.

365 días  y algunas horas sin él.

Entramos a una gran discoteca, más emocionadas imposible, ya que es nuestra primera noche del viaje, nuestra primera noche de libertad. A medida que pasan las horas nos vamos encontrando a  más conocidos, hasta que llega el momento en que siento como mi corazón se bloquea al creer ver a Rubén a lo lejos, pero  Sara me tira del brazo rogándome que la acompañe al servicio y me arrastra hasta la otra punta del local, por lo que le pierdo de vista. Espero a que Sara termine obervándome en el espejo al tiempo si me pregunto una y otra vez si estaré perdiendo la cabeza o era él de verdad. A nuestro regreso prefiero no comentar nada porque hace meses que prometí sacarle de mi cabeza y comienzo a buscarle entre la gente con la mirada, lo más disimuladamente que puedo, pero no surge efecto, así que al rato acabo dándome por vencida.

Algunas horas más tarde decidimos que deberíamos dar un paseo por la orilla de la playa ya que no podemos dar un salto más, finalmente acabamos sentadas en la arena, observando como brilla la luna en el mar en modo "confesiones femeninas", están contando anécdotas graciosas cada dos por tres pero me siento ausente, no soy capaz de dejar de preguntarme si era él o no, quizás es porque estoy segura de que lo era y el haberle tenido a tan pocos metros me ha descolocado por completo.

Aunque son las tantas y sé que no debería acabo apartándome del grupo y  llamando a Bruno porque necesito hablarlo con alguien y no quiero arruinarle la noche a mis animadas compañeras. Agradezco al instante la confianza que hemos cogido durante este tiempo, ya que a pesar de ser las cinco de la mañana lo primero que me dice es que ni se me ocurra pedir perdón por molestar porque no lo hago.

365 días y alguna que otra hora lejos de ella.

Cobarde. Idiota. Ridículo. Podéis llamarme todo ello porque yo también lo estoy haciendo mentalmente. Tío, era ella y me he quedado petrificado mirando de lejos hasta que la he perdido entre la multitud. Llevo algo más de un año deseando verla de nuevo y cuando por fin lo hago no me atrevo a mover un músculo, no puedo dejar de torturarme con la idea de que no volvamos a cruzarnos otra vez. Al cabo de unos minutos comienzo a sentirme mareado, no sé si es por el alcohol, la música tan alta, la multitud o el torbellino de mi cabeza, pero me excuso diciendo que necesito tomar el aire y camino por la ciudad sin saber muy bien hacia dónde.


jueves, 1 de septiembre de 2016

Capítulo 46.

He pasado 365 días del calendario sin volver a escuchar su voz.

Sí, puedo confirmar que segundo bachillerato ha sido algo así como nadar sin avanzar viendo cada vez más lejos la costa a cada día que pasaba y aunque no sé muy bien cómo, he sobrevivido. Libre, por fin, y a pesar de que algunos exámenes no salieron como me gustaría ni he conseguido la mejor media de cara a la universidad voy a disfrutar estos días en Mallorca al máximo.

Estructuro mentalmente posibles conjuntos y poco a poco voy dando por finalizada la maleta, al tiempo que tengo la típica charla melancólica con Sara preguntándonos en qué momento nos hemos hecho tan mayores, pero aquí estamos, con 18 años a tan solo horas de subir al avión.

A la mañana siguiente la adrenalina que me invade el cuerpo hace que me cueste mucho menos que de costumbre desperezarme, en media hora estoy lista y me dirijo al aeropuerto maleta en mano, prometiéndome a mí misma que voy a disfrutar cada segundo sin pensar demasiado.

Después de un vuelo de locura, nos instalamos en el apartamento, casi a pie de playa y sin pensárnoslo demasiado, decidimos ir a dar un paseo por el paseo marítimo y picar algo por allí antes de arreglarnos para irnos de fiesta e inaugurar como se merece nuestro primer viaje juntas.

365 días sin ver Madrid.

No sé si soy yo o este curso ha pasado a velocidad de locos, los meses se han pasado sin que apenas me diese cuenta liado entre apuntes, fiestas y el caos que acostumbra a alojarse en mi cabeza. Pero el curso se ha acabado, por fin y me encuentro a mí mismo añadiendo las últimas cosas a mi maleta, porque en tan solo unas horas me voy a reunir con mis amigos de toda la vida en el aeropuerto. Y cómo no tengo una duda alojada en mi cabeza desde hace días, me pregunto si Elena también irá con ellos, si coincidiremos en el hotel o incluso en el aeropuerto de Madrid nada más poner un pie allí, creo que no estaría preparado para eso, y os diréis 'tío, dile a algún amigo que pregunte y ya está' pero mi orgullo propio no me permite hacer eso, sería confirmar lo que llevo intentando negarme a mí mismo desde hace tiempo, que por más que haya pasado un año, no he conseguido sacarme a Elena de la cabeza.

Por suerte (o por desgracia) no me llevo ninguna sorpresa al llegar a Madrid y después de un largo trayecto desde Galicia me reuno con los amigos que tanto he echado de menos. Una vez allí, tras el vuelo apenas tardamos unos minutos en instalarnos y salimos del hotel dispuestos a pasar una gran noche, como las de antes.

viernes, 18 de marzo de 2016

Capítulo 45.

He perdido la cuenta de los días que llevo sin Rubén, pero aún no he conseguido que duela menos.

He comenzado a salir a correr a diario, consigue distraerme por un tiempo, me pierdo entre las canciones que suenan en mis oídos y el desgaste físico consigue que por la noche pueda conciliar el sueño. Llego exhausta a mi portal y nada más llegar a casa me doy una buena ducha, consulto el móvil al tiempo que preparo algo para cenar y en algo más de una hora me voy a la cama porque me siento agotada.


Estoy empezando a desconfiar en lo de que es cuestión de tiempo, no veo cuantos días van a ser necesarios para quitármela de la cabeza.

Unos chicos que conocí en la playa me han invitado a una especie de fiesta, la típica hoguera de verano y todo eso. Al principio no tenía muchas ganas, pero me he convencido a mí mismo de que tengo que integrarme y quizás me sirve para pensar un poco menos en Elena.

Sin embargo no es así, y cuando tengo la cantidad de alcohol suficiente en mis venas como para atreverme a hacerlo, me veo marcando su número, desesperado por oír su voz. Juro que se me derrite el corazón cuando escucho su dulce voz adormilada al otro lado de la línea, me maldigo por no haberme dado cuenta de que eran ya las dos de la mañana, pero no estoy dispuesto a desaprovechar esta oportunidad de hablar con ella.

-Rubén...-dice desconcertada.
-Pequeña- contesto con una sonrisa dibujada en los labios.
-¿Es...Estás bien? quiero decir, es tarde.
-No. Te echo de menos.-digo sin procesar apenas las palabras.
-Rubén ya sabíamos que esto iba a ser difícil pero...
-No, creo que no lo entiendes.-la interrumpo.
-Claro que te entiendo, es sólo que, no lo puedes hacer más difícil aún, no es justo.
-Por supuesto que no lo haces, me haces falta como nunca nadie antes, no te puedo sacar de mi cabeza joder, nunca pensé que me dolerías así.-susurro esto último al tiempo que me doy cuenta de que Elena está empezando a sollozar al otro lado del teléfono.- Tienes razón, no debería haberte llamado, es solo que no aguantaba más sin saber de ti.
-No te preocupes, es solo que oirte de nuevo hace que me arrepienta de mi decisión.
-¿Qué quieres decir con eso?-pregunto hallando un atisbo de esperanza. Pero tras hacerlo mis nuevos conocidos vienen a por mí llamándome soso y pidiendo que me una a ellos, y yo tan desconcertado como estoy, para cuando quiero volver a prestar atención a mi móvil está comunicando. Tras tres intentos más por volver a hablar con ella decido rendirme y pillar otra cerveza.

Pensaba que hablar con Elena me iba a aliviar, y en el momento de la llamada lo ha hecho, pero escucharla llorar solo ha hecho todo más real, más doloroso. En un momento de la noche me encuentro buscando a Elena en otros labios, cosa que tampoco funciona y varios minutos después me siento tan vacío que decido que lo mejor será irme a casa, aunque hoy la cama se me antoje más grande y espaciosa que nunca.



martes, 23 de febrero de 2016

Capítulo 44.

Una semana sin Rubén.

Apostaría toda mi pequeña fortuna a que los días han dejado de estar formados por 24 horas y estas se han multiplicado por diez. Creo que nunca antes había pasado tanto tiempo observando cada pequeño movimiento que hace el minutero del reloj de pared situado frente a mi cama, y es que llevo casi una semana encerrada entre estas cuatro paredes, saliendo de ella únicamente para satisfacer mis necesidades básicas. Por alguna razón aquí dentro me siento segura, puedo evadirme de la realidad aplastante de ahí fuera en la que siento que tengo que empezar de cero, al faltarme la viga maestra de mi vida, mi chico de ojos verdes.

He intentado salir, he intentado no aislarme, quedé con Sara hace dos días, esperando que hablarlo con ella hiciese menguar este dolor agudo, pero no funcionó del todo. Ella es la primera que no entiende mi decisión, yo a ratos tampoco, pero después de una semana Rubén ha dejado de llamarme y yo trato de convencerme a mí misma de que esto es lo mejor para los dos aunque lo que quiera que quede alojado en mi lado izquierdo del pecho no deje de repetirme lo contrario.

Una semana sin Elena.

Siempre me ha llamado la atención lo enigmática que es la línea del horizonte, que parece separar el cielo y el mar, que te hace creer que está ahí, al alcance de tus ojos, sin existir si quiera. Llevo viniendo cada tarde a esta solitaria playa, me limito a observar el horizonte y pensar alguna que otra cursilada como esa en un fallido intento de mantener mi cabeza ocupada y no pensar en ella, pero no termina de funcionar del todo.

Sentarme aquí hace que no me sienta tan atrapado teniendo la inmensidad del mar a mis pies, pero esta ciudad si me hace sentir así joder. Mis padres no han dejado de discutir a todas horas por haber cambiado de punto geográfico, mi hermana sigue siendo demasiado pequeña como para contarla mis mierdas amorosas y cualquier persona con la que intento hablar de Madrid no hace más que preguntarme por ella, como si no entendiesen que lo último que necesito es que me traigan a la cabeza de nuevo su nombre. Y bueno, hablando de Elena, he dejado de confiar en que me conteste al teléfono, así que finalmente he dejado de llamarla y he comenzado a hacerme a la idea de que esto es definitivo.  Así que después de todo, he decidido pasarme el día en la playa con desconocidos a lo lejos que parecen tener unas ganas inmensas de disfrutar del verano, mientras yo pienso en los pros y los contras de dejarme llevar por la marea y no volver más.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Capítulo 43.

24 horas sin Rubén.

Estoy tirada en la cama con la persiana a medio subir a pesar de ser más de las dos de la tarde. Diría que apenas he conciliado el sueño, pero la verdad es que no he podido dormir ni un poco. Tengo los ojos tan hinchados que parecen un par de pelotas de pin pong y el pecho me arde, como si mi corazón estuviese prendiendo fuego a todos nuestros recuerdos, pero no consiguiese acabar con ellos.

Finalmente me decido a levantarme, doy tumbos por el pasillo hasta llegar al cuarto de baño y al mirarme en el espejo casi no me reconozco, es como si hubiesen pasado años, por alguna razón siento que estoy viendo el reflejo de otra persona y no el mío propio.

Vuelvo a mi habitación y reviso una vez más las notificaciones de mi móvil, tengo más de 20 llamadas perdidas de Rubén a las que no he sido capaz de responder, y mientras mantengo la mirada fija en la pantalla él vuelve a intentarlo una vez más. La melodía de mi tono de llamada se torna más angustiosa que nunca y sostengo como puedo el teléfono entre mis manos temblorosas. Aunque lágrimas nublan mi vista observo como su nombre y nuestra foto se iluminan una y otra vez hasta que como no obtiene respuesta cuelga unos segundos más tarde, con lo que me siento aún más vacía si cabe, pero no me siento capaz de escuchar su voz, hoy no.


24 horas sin Elena. 

Definitivamente no es buena idea emprender largos viajes de carretera cuando tienes el corazón roto, porque a cada canción te encuentras un poco más abatido, menos cuando llevas a tu hermana pequeña sentada al lado preguntándote una y otra vez qué es lo que te pasa, cuando por nada del mundo quieres responder a esa pregunta, decidlo en voz alta sería como admitir que es definitivo, y una parte de mi quiere creer que no es así.

Mis padres deciden que es hora de parar a repostar y tomar algo, sin embargo tengo el estómago cerrado así que me siento en un bordillo cerca del aparcamiento esperando su regreso. Enciendo un cigarro y lo primero que se me viene a la cabeza es la mirada de reproche de Elena ante tal gesto, luego pienso que quizás ya ni eso la importe. La verdad es que llevaba meses sin fumar, la ansiedad que solía sufrir había desaparecido por completo, pero desde que la tarde anterior ella se marchó, había vuelto y con qué fuerza, sentía que me ahogaba a cada instante. No sabía como iba a aguantar otras cuatro horas más metido en el maldito coche, quizás me estaba volviendo loco de tanto darle vueltas a todo.

Sé que es absurdo, que lo más probable es que si no ha contestado hasta ahora no lo vaya a hacer, pero siento el impulso de volver a intentarlo. Sin embargo obtengo la misma respuesta de siembre, esa frase de su contestador que ya estoy comenzando a odiar, aunque seamos sinceros, si por mí fuera escucharía su dulce voz una y otra vez hasta quedarme dormido cada día. Sacudo la ceniza que se ha acumulado en mi chaqueta intentando aparentar normalidad, aunque estoy seguro de que se me nota a leguas que me falta ella. Doy una última calada más antes de ir en busca de mis padres porque me estoy helando de frío, tiene gracia que justo el día que tengo que estar sin ella haga día de tormenta estando en verano, aunque bueno, a partir de ahora los días pintan bastante grises y esta vez no estoy hablando del típico clima gallego.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Capítulo 42.

Sin saber como los días y las semanas vuelan delante de mis ojos sin apenas darme cuenta. Por más que intento de disfrutar de cada momento, los días se consumen y de pronto me veo a último día del mes de junio con un nudo increíble en la garganta haciéndome a la idea de que hoy será la última vez que veré a Elena hasta dentro de no sé cuánto tiempo.

Una parte de mí preferiría irse así, sin más, sin añadir nada, sin estropear nada. Nunca me han gustado las despedidas y esta vez no iba a ser menos, ya que se trata de ella. Pero por otro lado quiero aprovechar cada segundo que me quede en Madrid para estar con ella, aunque eso suponga tener que soportar la amarga despedida que llevamos posponiendo tantos días.

Al final me armo de valor y consigo marcar su número.
-Cielo.
-Rubén- noto como responde con un deje de tristeza en su voz.
-¿Te apetece que demos una vuelta por el Retiro?- pregunto haciendo como que no lo he notado.
-Ay sí, hace millones que no voy.- sonrío al notar como su tono de voz cambia.
-Paso a por ti en un rato entonces.
-Aquí te espero.

Salimos en la boca de metro de Ibiza y nos dirigimos directamente hacia el conocido parque madrileño, está lleno hasta los topes como suele ser costumbre y más ahora con el buen tiempo, suenan tambores y canciones por todas partes, sin embargo entre Elena y yo hay un atípico silencio. Acaricio su mano que hoy me parece más pequeña y frágil que de costumbre, como ella. Avanzamos hasta quedar sentados frente al estanque de las barcas, está comenzando a atardecer y el paisaje es inigualable.

-Ey.- digo al tiempo que golpeo suavemente su hombro para captar su atención.

Ella sonríe y noto como se ve incapaz de pronunciar una sola palabra.  Observo cada uno de sus detalles, el tono de su pelo con el reflejo del sol, sus oscuras pupilas y esas largas pestañas que definen su mirada. Aprecio como se la humedecen los ojos y sé que intenta no romper a llorar, pero no consigue su propósito. La arropo entre mis brazos porque yo tampoco sé que decir, me rompe saber que soy yo mismo el que la causa ese dolor.

-Aún no te has ido y ya siento que me ahogo.- dice buscando mi mirada.
-Venga, no digas eso. Podemos con esto.- contesto tragando saliva porque me estoy empezando a temer lo peor.
-Creo que yo no. Nunca he sido una persona fuerte Rubén, creo que lo que me estás pidiendo me viene demasiado grande.
-¿Que quieres decir con eso?- pregunto con voz temblorosa.
-Lo siento.- susurra, se seca las lágrimas que rozan la comisura de sus labios y hace un amago de levantarse, pero la cojo de la muñeca impidiéndoselo.
-Elena, no me hagas esto por favor.
-Quizá es mejor así, puede que duela menos.- dice mirando al estanque porque sé que ella tampoco piensa eso.
-Elena, mírame joder. Esto no nos puede estar pasando.
-¿Duele demasiado como para no ser real no?- y esta vez si se pone de pie esperando que yo haga lo mismo.- De verdad que espero que te vaya genial mi vida.- me da un corto beso y se aleja, por más que grito su nombre no consigo que vuelva a girarse y por alguna razón mis piernas se quedan bloqueadas como si hubiesen olvidado como correr.

Siento como la rabia me invade el cuerpo, llevo mis manos a la cabeza repitiéndome que esto no puede estar pasando. Mi estado de ánimo es una montaña rusa, y en pocos segundos paso por todos y cada uno de ellos, rabia, ira hasta que llego a sentir ese dolor punzante en el pecho del que Elena hablaba y me topo con la cruda realidad y ahora soy yo el que no puede evitar que comiencen a caer por mi rostro pequeñas lágrimas. Me siento encerrado, atrapado y echo a andar hacia la salida más cercana sin embargo esto no hace que mi estado mejore, llamo a Elena repetidas veces pero solo obtengo por respuesta su adorable voz en el contestador. Cuando creo que me voy a volver loco decido que lo mejor será volver a casa y terminar de envolver los trastos que he ido acumulando en mi corta vida, no sin antes volver a intentar hablar con Elena obteniendo la misma respuesta.



jueves, 29 de octubre de 2015

Capítulo 41.

Tras sobrevivir a la que se me tornó interminable época de exámenes y ser por fin libre, me topé con la realidad y fue un duro golpe. Había vivido tantos días apurada entre exámenes, con mi cabeza puesta en fechas de entrega de trabajos, tareas pendientes y otros quehaceres varios que apenas había pensado en el hecho de que nos estábamos acercando vertiginosamente a junio, lo que significaba que solo me quedaban unas semanas más para disfrutar de tener a Rubén a mi lado.

La idea de pensar que se veía obligado a irse era una tortura, una pesadilla que se repetía una y otra vez en mi cabeza y en la que no tenía la necesidad de pellizcarme para comprobar que estaba despierta, porque dolía demasiado como para ser un simple sueño.

Avanzo despistada por el pasillo perdida en mis pensamientos cuando noto como me abrazan por la espalda. Sonrío ampliamente sabiendo que sin duda se trata de mi chico de ojos verdes.
-Buenas.-saluda mientras me dedica una de sus maravillosas sonrisas y me da un corto beso.
-Estás muy sonriente hoy. -afirmo con otra sonrisa de oreja a oreja a modo de respuesta.
-Es que hoy tenemos planes.
-¿Ah sí?- pregunto algo confusa.
-Sí, pero es una sorpresa.
-¿Una sorpresa?
-Sí boba, ¿alguna vez has ido a una exposición de fotografía?- dice al tiempo que ríe al ver mi emoción de niña pequeña ante el plan.
-No, la verdad es que no, pero siempre he querido hacerlo.
-Pues este es tu día.
-Gracias.-le sonrío y le abrazo fuertemente, hundiendo mi pelo entre sus brazos. Definitivamente no sé que va a ser de mí cuando se vaya.
-Si te parece bien paso a por ti, a las seis o así.
-Me parece genial.- afirmo, y nos despedimos con una gran sonrisa iluminándonos la cara.

Tras escapar del que viene siendo típico interrogatorio que mi madre se dispone a hacerle a Rubén nada más verle, nos dirigimos a la boca de metro más cercana a mi casa. En el camino no puedo evitar sonreír ante la idea de que somos ese tipo de pareja a las que antes fingía odiar por la envidia que me daban. Después de unas cuantas estaciones, llegamos a nuestro destino. Me dejo guiar por Rubén a través de calles y callejuelas por las que nunca antes había pasado, más emocionada aún a cada paso que daba con mi mano enlazada a la suya.

Nada más entrar a la sala que daba paso a la exposición, me sorprende el título de esta, "Lo que antes conocíamos por amor". Las paredes de cada una de las pequeñas estancias estaban repletas de fotografías que plasmaban pequeños detalles del día a día, ese era el gran mensaje de la exposición. Había miradas cómplices que hablaban por sí solas, ancianos sonriendo tras la caricia de un niño, un abrazo entre amigos que parecía la salvación ante el desastre para cada uno de ellos. Todas pertenecían a mediados del SXX, dónde las muestras de amor eran más delicadas aunque quizás más sinceras.

-¿Por qué escogiste esta exposición?- le pregunto a Rubén mientras observamos una fotografía de un hombre escribiendo lo que parece una carta de amor.
-Porque el centro son los pequeños detalles, y me recordó a tí.
-¿A mí?
-Sí, siempre tienes una palabra, una sonrisa, un abrazo e incluso eres capaz de calarme con una sola mirada y joder, no sabes lo bonito que es eso.

Tras escuchar esa última frase no puedo evitar que me invada el miedo a perderle de nuevo, me había prometido a mí misma que hoy estaría bien por él, pero no lo he conseguido. Intento tranquilizarme, pero pequeñas lágrimas empiezan a deslizarse por mi cara sin control alguno.

-Ey, Elena cielo no llores.- dice mientras me da cobijo entre sus brazos.- Yo también estoy asustado y no tengo ni idea de cómo lo vamos a hacer, pero vamos a estar bien ¿vale? Nos queremos el uno al otro y por el momento eso es lo único que importa.

Me despego un poco de su pecho e intento sonreír al tiempo que interrumpo el rumbo de las gotas que aún caen por mi rostro.

-Luego dices de mí, pero has sabido que me pasaba sin si quiera preguntar.

-Bueno, creo que a estas alturas nos conocemos un poquito.- dice al tiempo que vuelve a estrecharme entre sus brazos de nuevo.

-Un poquito.-susurro con una sonrisa en los labios.

-Venga, ¿qué te parece si vamos a tomar un café?

-Siempre es un buen momento para tomar un café.- contesto sonriente, algo más tranquila.

Salimos a la calle en busca de un establecimiento en el que sentarnos un rato cuándo nos cruzamos con un chico que me suena bastante.

-¡Elena! ¿Cómo tú por aquí?
-¿Iván? Pues ya ves, dando una vuelta.-digo algo nerviosa de repente, Rubén parece notarlo y me observa con cara cofundida.
-Bueno, pues me alegro de verte. Me voy, que tengo prisa, ya quedamos otro día ¿vale?

-¿Ese no es el chico que conociste porque estaba paseando a su perro el día que empezamos a salir?

-Eh.. sí, es él.

-¿Y os habéis vuelto a ver?

Creo que el color de mi cara cambia al escuchar esa pregunta, aunque no pasara nada, quedé con él y sus amigos a los que no conocía de nada, y claramente Iván si estaba interesado en que algo surgiera.

-Sí, nos vimos otro día. Pero casi nada.- contesto, me digo a mí misma que en realidad no estoy mintiendo, pasé la tarde hablando con Bruno de él.

-Vale, vale no pasa nada, era simple curiosidad.

Al escuchar su respuesta me siento estúpida por pensar que se iba a formar un malentendido o que se iba a enfadar, cuando sé de sobra que él no es de ese tipo de chicos.

-¿Vamos a por nuestro café entonces?

-Claro. -sonríe.