Una semana sin Rubén.
Apostaría toda mi pequeña fortuna a que los días han dejado de estar formados por 24 horas y estas se han multiplicado por diez. Creo que nunca antes había pasado tanto tiempo observando cada pequeño movimiento que hace el minutero del reloj de pared situado frente a mi cama, y es que llevo casi una semana encerrada entre estas cuatro paredes, saliendo de ella únicamente para satisfacer mis necesidades básicas. Por alguna razón aquí dentro me siento segura, puedo evadirme de la realidad aplastante de ahí fuera en la que siento que tengo que empezar de cero, al faltarme la viga maestra de mi vida, mi chico de ojos verdes.
He intentado salir, he intentado no aislarme, quedé con Sara hace dos días, esperando que hablarlo con ella hiciese menguar este dolor agudo, pero no funcionó del todo. Ella es la primera que no entiende mi decisión, yo a ratos tampoco, pero después de una semana Rubén ha dejado de llamarme y yo trato de convencerme a mí misma de que esto es lo mejor para los dos aunque lo que quiera que quede alojado en mi lado izquierdo del pecho no deje de repetirme lo contrario.
Una semana sin Elena.
Siempre me ha llamado la atención lo enigmática que es la línea del horizonte, que parece separar el cielo y el mar, que te hace creer que está ahí, al alcance de tus ojos, sin existir si quiera. Llevo viniendo cada tarde a esta solitaria playa, me limito a observar el horizonte y pensar alguna que otra cursilada como esa en un fallido intento de mantener mi cabeza ocupada y no pensar en ella, pero no termina de funcionar del todo.
Sentarme aquí hace que no me sienta tan atrapado teniendo la inmensidad del mar a mis pies, pero esta ciudad si me hace sentir así joder. Mis padres no han dejado de discutir a todas horas por haber cambiado de punto geográfico, mi hermana sigue siendo demasiado pequeña como para contarla mis mierdas amorosas y cualquier persona con la que intento hablar de Madrid no hace más que preguntarme por ella, como si no entendiesen que lo último que necesito es que me traigan a la cabeza de nuevo su nombre. Y bueno, hablando de Elena, he dejado de confiar en que me conteste al teléfono, así que finalmente he dejado de llamarla y he comenzado a hacerme a la idea de que esto es definitivo. Así que después de todo, he decidido pasarme el día en la playa con desconocidos a lo lejos que parecen tener unas ganas inmensas de disfrutar del verano, mientras yo pienso en los pros y los contras de dejarme llevar por la marea y no volver más.
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